Sweeney Todd, sin mariconadas

 | Cine en Universo Gay

1902200819:50 Sweeney Todd, sin mariconadas Por Alberto Mira

Sweeney Todd, sin mariconadas

Mi amigo (hetero) Javier fue a ver el Sweeney Todd de Tim Burton y le gustó. Esto le inquietó un poco (después de todo, es “un musical”), así que pidió a su novia que no lo contara a nadie. Ya era bastante el trauma que sufrió al ser arrastrado a ver The Rocky Horror Picture Show en versión performance (y la rigidez de su rostro al salir me hizo constatar, hace ya tantos años, que, efectivamente, existe el arte gay). En realidad mi amigo no tenía el menor motivo para la preocupación: gracias a la mano férrea de Tim Burton, este Sweeney Todd, se las ha arreglado para prescindir de cualquier atisbo de mariconería que el original pudiera tener.

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La película muestra un mundo intenso, atormentado, de eterno crepúsculo, permanentemente cubierto de nubes plúmbeas y en el que el negro de las tinieblas sólo queda roto por destellos carmesí (perdón, rojos) de una sangre que no es metáfora de nada y no se representa más que a sí misma. Sumergidos en él, deambulan unos personajes tristes, heridos, que hablan (y cantan) como sonámbulos, ahogados en su propio infierno. Johnny Depp sugiere con una mirada años de rencor, un vacío que ninguna venganza podrá ya llenar, y Helena Bonham Carter interpreta a su cómplice, a la que la esterilidad, la viudez y la pobreza han dejado vacía. Esta Mrs Lovett (un personaje que tiende a interpretarse como una drag pizpireta) está a un paso de la prostitución más tirada y no está para vitalidades. Y este Sweeney Todd es el héroe justiciero para amantes de las novelas gráficas y el rock duro. Rebelde con causa, pero especialmente con el ceño permanentemente fruncido y la voz estrangulada.

No tiene sentido criticar una película porque no se parezca a la fuente, aunque en este caso se trate de una de las verdaderas (y algunos dirían escasas) obras maestras del musical de Broadway. El Sweeney Todd dirigido por Harold Prince en 1979 intentaba ser una especie de reflexión sobre el capitalismo en términos de canibalismo. Como metáfora no era gran cosa. Pero por supuesto lo que triunfaba en último término era la fuerza de la partitura y las cualidades esencialmente granguiñolescas de la obra: Todd y, sobre todo, Mrs Lovett, eran títeres, caricaturas, desbordantes de energía, y más allá de cualquier significado social, la caracterización funcionaba a través de las canciones. Las producciones desde entonces tienden a ser divertidas, incluso coloristas, y esto no es por capricho: tal como está concebida, la obra es divertida, irónica. Aquí el espectador tiene la sensación de que si esboza una sonrisa irónica va a acabar degollado, qué estrés. La decisión de Burton y sus colaboradores ha sido podar precisamente la teatralidad del original. Con ello desaparece un estilo determinado de cantar, una gestualidad, una distancia irónica, una consciencia de la convención. Precisamente lo que la convertían en una obra maestra del género (por ejemplo, la letra de “A Little Priest” resulta incongruente con esta aproximación al material: ya puestos, casi mejor habría sido cortarla). Y sin duda esta versión tiene muchos elementos atractivos, fascinantes incluso. Pero es tan hetero que casi resulta camp. Los personajes cantan con un estilo que está entre Andrew Lloyd Webber y David Bisbal. Y cualquier resto de goce o teatralidad del género ha sido exterminado sin piedad. No hay gran guiñol, sólo tormento, vehemencia, sordidez. A Tim Burton le interesan unas pocas cosas del original (ha declarado muchas veces su escasa simpatía con los musicales): realmente cree en los profundos sentimientos de su protagonista, simpatiza con su venganza. Con las otras ni se preocupa: la pareja joven no podía ser más insulsa y uno se imagina que esas escenas se hicieron en piloto automático (de hecho recuerdan mucho El fantasma de la ópera versión Schumacher). El problema es que las canciones son bastante ajenas a este mundo: la nueva Mrs Lovett carece de energía para hacer justicia al ingenio de “The Worst Pies in London”. Es una buena interpretación, es un gran personaje, no canta. Nos han quitado a la Mrs Lovett ídolo de drags y del público gay y la han sustituido simplemente por una mujer narcotizada con “problemas psicológicos”. Este excelente Sweeney Todd encaja sin fisuras entre los grandes de la cultura heterosexual, alérgica a la ironía, al glamour. Richard Wagner. Sylvester Stallone. Mercedes Milá. Ese tipo de cosa. Y yo me pregunto: ¿hasta dónde va a llegar esta colonización? Primero nos quitan la musculoca y la llaman “metrosexual”. Ahora el musical. Pronto van a heterosexualizar la decoración de interiores.

Digo que no tiene sentido criticar una versión porque no se parezca a la original. Todas las versiones pueden coexistir, y en el caso de Sweeney Todd tenemos la suerte de contar con dos filmaciones de representaciones: las dos con George Hearn, una con Angela Lansbury y otra con Patti LuPone (la segunda es en concierto, pero la LuPone actúa más con la comisura de los labios durante “By the Sea” que la Boham Carter en toda la película). Sin embargo, para compensar no me resisto a proponer mi propia versión:

El señor Lovett tiene una tienda de antigüedades justo debajo de la barbería de un joven con la cintura de Johnny Depp. Cada día lo ve subir, lo ve bajar, pero sabe que no tiene ni una posibilidad: el barbero está casado con una mujer de las de antes del feminismo, rubia, simple, el tipo de mujer que sólo gusta a heteros no redimibles. Un día un juez aparece en la tienda y se encapricha de la esposa del barbero a la que casualmente ve bajar. Lovett nota su mirada de lujuria y reza para que la tonta de la esposa se vaya con el juez y le deje el campo libre. Poco después la barbería está misteriosamente vacía, aunque por ahí sigue rondando una piltrafa humana que se parece mucho a la mujer del vecino barbero. Y empieza a circular una leyenda urbana sobre lo que sucedió al apuesto vecino. El señor Lovett siente el abandono, pero tiene sus propios problemas: el negocio de las antigüedades no anda bien, y unos gamberros han empezado a atacar su tienda y ensuciarla con pintadas homófobas.

Como marica práctica y con ideas que es, decide hacerse pasar por su hermana, que murió en las colonias y cambiar de negocio: se convertirá así en la “señora” Lovett y elaborará unas empanadillas de carne artesanales que serán su venganza contra la sociedad heterosexista. Empieza entonces a llevar doble vida: de día caza cucarachas para aderezar el relleno; de noche, se dedica al show business y canta cuplés picantes en garitos del Soho.

Pasan los años. Un día, el apuesto barbero vuelve a aparecer por la tienda. Por supuesto, él no reconoce a su antiguo vecino, hoy vecina, entre otras cosas porque nunca le dedicó una mirada. Sin embargo, ella comprende que, con la esposa fuera de circulación, ha llegado su gran oportunidad. Ayudará al barbero a salir del bache, pondrá luz y color en su vida (flores, cortinas, mobiliario, en fin, todas esas cosas que gracias a nosotros hacen del mundo un lugar más habitable) le llenará la cabeza de sueños, música y amor. Y de paso consumará su venganza contra la sociedad heterosexual con unas empanadillas aún más ricas en ecos simbólicos.

Esta versión, ni qué decir tiene, tampoco es la original. Pero en espíritu está, creo, más cercana a la de Burton. Y las canciones quedarían estupendas: ésta Mrs Lovett sí podría cantarlas. Eso sí, me temo que a Javier no le gustaría tanto.

Acerca de Alberto Mira...

Alberto Mira Alberto Mira es ensayista y profesor de cine en la Oxford Brookes University, donde da clases sobre Hollywood, representaciones de género y cine europeo. Es autor del diccionario Para entendernos y de una aproximación cultural a la historia de los homosexuales en España, De Sodoma a Chueca. A punto de publicación, tiene Miradas Insumisas. Los homosexuales en el cine, una visión del cine gay basada en la relación entre la experiencia homosexual de autores y espectadores y las películas que surgen de ella. Además ha publicado ediciones de Edward Albee y Oscar Wilde para la editorial Cátedra, así como otros ensayos sobre cine, homosexualidad y traducción en diversos volúmenes y revistas españolas, británicas y estadounidenses. Tiene dos novelas, Londres para corazones despistados y Como la tentación, que ganó el III Premio Terenci Moix de novela gay. Es fan de Henry James y de Nabokov, del musical de Broadway (de Porter a Sondheim), de Billy Wilder y Douglas Sirk, Fellini y Almodóvar, Wilde y Tennessee Williams, de las playas y las selvas, de Nueva York y de Costa Rica. Vive (todavía) entre Barcelona, Oxford y Londres.

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