¿Quién teme a la homofobia de ayer?: A la caza (William Friedkin, 1980)
| Cine en Universo Gay
2002200813:52 ¿Quién teme a la homofobia de ayer?: A la caza (William Friedkin, 1980) Por Alberto Mira
La historia del cine gay es sobre todo una historia de homofobia. Incluso las películas con mejores intenciones (empezando por Anders als die Anderen, de 1919), contienen, desde una perspectiva actual, visiones estereotipadas, negativas o deprimentes de la homosexualidad. Otra cosa es que esta homofobia tenga, hoy, un impacto real o (incluso más importante) que las películas no tengan también aspectos aprovechables o incluso puedan ser fuentes de placer o afirmación personal. De hecho, una vez perdemos el miedo a la homofobia, las películas pueden revelar su potencial queer, siempre un poco más allá (o más acá) de las divisiones cómodas entre homofilia y homofobia. Entre los ejemplos de cine que se percibió como homófobo, pocos cargaron con el sambenito de manera tan contundente como A la caza, de William Friedkin. La edición en DVD que acaba de aparecer da pie para volver sobre una de las películas clave en la historia del cine homosexual.
En A la caza, un policía italoamericano, hetero, muy machote (Al Pacino) recibe el encargo de infiltrarse en el submundo gay para detener a un asesino en serie que se ha especializado en la clientela de los clubs sadomaso neoyorquinos. La misión tiene sus riesgos. Para empezar, el asesino elige a las víctimas en locales y las asesina brutalmente durante el acto sexual, o sea que el tipo va a tener que implicarse a base de bien, arriesgando no sólo su vida, sino su virilidad. La crítica gay ha hablado de la mirada horrorizada del director ante lo que ve. Hombre, no es el bosque de Bambi, pero tampoco es para tanto. Y, como una segunda generación de críticos (más cercanos a actitudes queer) señaló en los noventa, junto a este horror con base homófoba hay una fascinación que acaba por tener una gran importancia en la narrativa. La homofobia que destila la historia, de hecho, puede verse hoy perfectamente como un efecto patológico: la paranoia heterosexual como enfermedad. Para quienes estén familiarizados con locales similares, el horror de Friedkin y su personaje es casi camp.
Pronto nuestro héroe encuentra un sospechoso. La verdad es que cuando lo comparamos con el hosco, desequilibrado Pacino, nuestro asesino es un dechado de virtudes: se dedica a las pesas y trabaja en una tesis sobre el musical de Broadway, actividades que combina con sus ligues compulsivos. Por no hablar de unos pezones la mar de apetitosos. Cierto que todo esto se tiene que estropear montándole una historia rara con su padre, pero recordemos que en 1980 casi todos, incluso muchos de nosotros, nos creíamos esto de la base edípica de la homosexualidad. Superado este momento, el detalle nos parece historia pasada, y nos recuerda cuánto hemos avanzado. No desvelaré la trama, pero digamos que los roces (físicos y psicológicos) del policía con la comunidad gay neoyorquina tiene efectos secundarios que se manifiestan sobre todo en los últimos momentos y que harán sonreír a más de uno. Aquí hay que añadir que se trata de un buen thriller, con una trama enrevesada, llena de ramificaciones y que en el personaje de Pacino construye un retrato psicológico de una masculinidad asediada, mucho más complejo que el de cualquier thriller comercial de los últimos años.
La polémica empezó cuando el guión fue filtrado a grupos gays, incluso antes del rodaje. Estamos en 1980 y el activismo se encontraba en un punto de consolidación, dispuesto a seguir los pasos del movimiento en defensa de las minorías raciales. Esto significaba hacer públicas reivindicaciones firmes, en voz alta, y una atención especial a las representaciones en los medios de comunicación. De ahí que la idea de otra película que presentaba la homosexualidad como una realidad subterránea, sórdida no fuera bien recibida. Boicoteada y denostada por la crítica, el ruido mediático fue tal que hasta la revista Fotogramas dedicó un artículo (en el mismo número en que Terenci Moix y Enric Majó hablaban de su relación en una entrevista con Maruja Torres) a las reacciones del movimiento gay. La victoria de los activistas fue pírrica pero en cierto modo significativa: se saldó con un simple rótulo que señalaba que las prácticas que aparecen en la película representan sólo a pequeños grupos dentro de la comunidad gay. Poca cosa. Pero era la primera vez que la industria del cine respondía explícitamente a las protestas de los homosexuales.
Otro punto de interés lo constituye la instantánea de un momento que ha sido reflejado en mayor detalle en el documental Gay New York in the 1970s (y de manera más light en el musical ¡Que no pare la música!, protagonizado por un grupo de maricas bailarinas y sus madres). Estamos en un periodo fascinante: justo antes de que el sida impusiera toda una serie de cambios en la mentalidad de los homosexuales metropolitanos, había un cine que reflejaba (se manera distorsionada, sin duda parcial) una realidad innegable. Es cierto que películas como A la caza contribuyeron al diagnóstico de que la experimentación sexual y la promiscuidad de los setenta trajeron el sida. Aquí habría que preguntarse si la sexofobia está en la película o en nuestras propias actitudes: es evidente que en este momento nadie realizaba esta conexión. En términos de historia del cine la película forma parte del final de una era que se inicia en 1967 con Bonnie and Clyde y que da al cine estadounidense una nueva frescura estética y temática, una voluntad por tratar temas maduros y complejos que se manifiesta en el cine de Altman, Scorsese, Coppola, Allen y otros menos recordados. Esta segunda era dorada terminó cuando Coppola se volvió majara durante Apocalypse Now y Cimino hundió United Artists con La puerta del cielo precisamente en torno a 1980. A partir de ahí los ochenta son un yermo en los USA, y es fácil ver A la caza como uno de los ejemplos de esta nueva ola.
Las protestas contra A la caza tuvieron, de hecho, otro efecto secundario: los responsables de los grandes estudios creyeron que había llegado el momento de introducir representaciones positivas en las películas comerciales, de ahí que en 1982 se produzca una pequeña mini-ola de películas con personajes gays más o menos positivos. El año siguiente, la consciencia del sida interrumpió lo que podría haber continuado siendo una evolución positiva.
Al volver a la película después de haberla denostado tanto (Vito Russo nos enseñó a odiarla) no puedo menos que sonreír. La homofobia del pasado no tiene por qué hacernos daño. Lo que importa es nuestra respuesta en el presente. Sólo mirando la homofobia a los ojos y a partir de la conciencia de su fondo patético podemos superarla.
Acerca de Alberto Mira...
Alberto Mira es ensayista y profesor de cine en la Oxford Brookes University, donde da clases sobre Hollywood, representaciones de género y cine europeo. Es autor del diccionario Para entendernos y de una aproximación cultural a la historia de los homosexuales en España, De Sodoma a Chueca. A punto de publicación, tiene Miradas Insumisas. Los homosexuales en el cine, una visión del cine gay basada en la relación entre la experiencia homosexual de autores y espectadores y las películas que surgen de ella. Además ha publicado ediciones de Edward Albee y Oscar Wilde para la editorial Cátedra, así como otros ensayos sobre cine, homosexualidad y traducción en diversos volúmenes y revistas españolas, británicas y estadounidenses. Tiene dos novelas, Londres para corazones despistados y Como la tentación, que ganó el III Premio Terenci Moix de novela gay. Es fan de Henry James y de Nabokov, del musical de Broadway (de Porter a Sondheim), de Billy Wilder y Douglas Sirk, Fellini y Almodóvar, Wilde y Tennessee Williams, de las playas y las selvas, de Nueva York y de Costa Rica. Vive (todavía) entre Barcelona, Oxford y Londres.
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